EL MAGACÍN DE SM
PARA LA FORMACIÓN DEL PROFESORADO
REPORTAJE
Los conflictos sirven para aprender
Agresiones físicas o verbales, acoso u ostracismo entre pares, incumplimiento de normas o vandalismo son algunas de las formas de conflicto presentes en nuestra sociedad. También en el ámbito educativo. Enseñantes y aprendices son testigos, protagonistas y víctimas de innumerables conflictos en las aulas, los pasillos, los comedores o los patios. Pero ya hay numerosas experiencias que demuestran que unos y otros pueden convertirse también en mediadores o facilitadores que contribuyan a transformar esos conflictos en oportunidades de aprendizaje.
Solucionar, gestionar, trasformar, restaurar…
En su obra Conflictos en centros educativos, el psicopedagogo Jesús Viñas escribe en el marco de la llamada resolución pacífica de conflictos (RPC). Para él, «los conflictos son un fenómeno natural de todas las organizaciones. Por tanto, es normal que en las aulas y en los centros educativos se produzcan de forma continua. Así pues, debemos fijarnos no ya en la existencia de conflictos, sino en la forma de resolverlos en las aulas y en los centros. Hablamos, por tanto, de resolución de conflictos en las aulas». Por su parte, Marisa Escuer, profesora de secundaria y formadora de docentes en la UOC, habla de resolución, pero también de transformación como objetivo. «Nosotros intentamos la trasformación del conflicto», explica, y puntualiza que la palabra conflicto tiene una connotación negativa, pero se puede plantear «como un aprendizaje».
Lo que se hace mal normalmente
Según Viñas, hay una forma errónea de actuar ante un conflicto en el ámbito educativo que comienza por intentar hacer consciente al alumnado de que su conducta ha sido inadecuada para luego aplicarle un mecanismo disciplinario en forma de castigo e inducirlo así a un comportamiento mejor. Este proceder, afirma, «funciona normalmente con los alumnos y alumnas que de alguna manera ya tienen unos hábitos trabajados y una sintonía con la organización escolar, sea real o condicionada por elementos externos al centro. Pero sirve de poco para el alumnado que suele frecuentar las situaciones de conflicto».
Para Pastor, en general, el problema es la manera que tenemos de afrontar el conflicto: «nos quedamos en el choque, incluso nos bloqueamos y rápidamente sale eso de ‘muerto el perro, muerta la rabia’; nos interesa más decir ‘mira, la culpa es de él, y si él no existe no tendré el conflicto’, cuando lo que tendríamos que pensar es ‘mira, ese conflicto no es casual, ese conflicto tiene una causa, ha habido unos factores en los cuales yo, aunque no me guste, he participado de alguna manera, qué es lo que he hecho mal, o lo que no he hecho bien para que ocurra eso que no me gusta’, y ahí es cuando hay que empezar a trabajar».
En el ámbito escolar, la participación del alumnado es básica para afrontar los conflictos y transformarlos de forma satisfactoria. Según Viñas, «uno de los problemas más importantes de la actualidad es que todo lo que se refiere a las normas de convivencia y, por tanto, también a la resolución de conflictos se pretende hacer únicamente a partir de aquello que determina el profesorado». Añade Viñas que, de ese modo, como mucho, se consigue que los alumnos admitan las implicaciones más personales de su conducta, pero no que se sientan responsables de la colectividad.
Resolver para educar
El psicopedagogo recuerda las cuatro grandes etapas del aprendizaje: incompetencia inconsciente, incompetencia consciente (donde empieza a intervenir el profesorado para hacer consciente al alumnado), competencia consciente (en la que se practican las habilidades), y competencia inconsciente o incorporación de hábitos. Según Viñas, la finalidad básica del trabajo de resolución pacífica de conflictos en los centros educativos es «hacer posible la creación de unos hábitos de convivencia que, de forma espontánea, sin esfuerzo, únicamente en la dirección de emociones positivas, hagan estables los comportamientos más interesantes».
Equipos de mediación en la escuela
Idealmente, la mediación no es una práctica aislada que se utilice ocasionalmente y luego se olvide. Se inserta en programas que implican a los distintos actores del centro. Maria Carme Boqué, profesora de la Universitat Ramon Llull, sitúa los objetivos de la mayoría de programas de mediación escolar alrededor de tres ejes: «crear un entorno en el cual las personas se sientan física y psicológicamente libres de amenazas y peligros, donde puedan encontrar oportunidades para trabajar y aprender con los demás colaborando en el progreso individual y común» «adquirir habilidades para conocerse, comunicarse y respetarse aún en situaciones de difícil convivencia»; y «asumir las propias responsabilidades en la transformación no violenta de los conflictos».
Una parte esencial de los programas es la creación de equipos de mediación en los centros. Boqué explica el procedimiento típico para hacerlo: se reúne un grupo de personas de los diferentes estamentos (alumnos, profesores, empleados, padres) interesadas en conocer los principios del proceso mediador; se forman como futuro equipo de mediación; cuando se consideran capacitados, se establece un espacio, un calendario y unas condiciones de acceso al servicio; algunos conflictos se tratan voluntaria y confidencialmente.
El papel de los mediadores consiste en ayudar a quienes de común acuerdo deseen buscar alternativas a la situación conflictiva a comunicarse, inventar soluciones, valorarse y rehabilitarse sin romper vínculos personales, gracias a su creación y fortalecimiento.«No sólo los hechos acaecidos cuentan; también los sentimientos y las relaciones entre las personas son importantes de cara a la sostenibilidad de un futuro en común», afirma Boqué.
La adopción de un programa de mediación escolar suele enfrentarse a múltiples dificultades. Algunas son: encontrar el tiempo necesario para impartir un currículo de mediación o para formar un equipo de mediadores; asumir que la mediación consume tiempo; un entorno social que magnifica o banaliza el uso de la violencia. Además, la selección de mediadores puede generar dudas sobre su idoneidad y es necesario informar extensiva y periódicamente a la comunidad educativa sobre su trabajo. Destaca también Boqué la importancia de que el servicio cuente con el liderazgo de una persona encargada de coordinarlo y dinamizarlo: «Esta persona, generalmente un profesor o profesora, tendrá muchas otras responsabilidades entre sus manos y, en ocasiones, aceptará el encargo por puro voluntarismo y compromiso profesional».
Marisa Escuer, que lleva años siendo esa persona que ejerce en su escuela el liderazgo para promover la cultura de la transformación de conflictos, considera que es conveniente que, como mínimo, el resto de docentes entienda el sentido de su trabajo. «Lo que es importante es que gran parte del profesorado sea consciente de la relación que hay entre el aprendizaje y el cómo se siente el alumno, porque si un alumno se siente bien y se siente integrado facilita su proceso de aprendizaje, si un alumno se siente mal, se siente rechazado, por algo de dentro o por algo de fuera, es evidente que su proceso de aprendizaje se puede retrasar, y puedes acabarlo perdiendo», explica.
No solo reaccionar
También Marisa Escuer subraya la necesidad del trabajo proactivo a largo plazo. «El que el centro tenga o no muchos conflictos es un aquí y ahora», dice. Además, considera que la institución forma a personas no solo en materias como matemáticas, lengua o inglés, sino de forma integral, lo que implica que aprendan a darse cuenta de lo que está en su entorno, a solucionar o ayudar a resolver los conflictos de su entorno, a «empatizar, que es muy importante, saber escuchar, saber ser asertivo o asertiva a la hora de explicar una cosa».
¿Conflicto solucionado?
En cambio, Jesús Viñas sí habla en clave de resolución, pero coincide con Pastor en la necesidad de huir del cortoplacismo y la confusión de la parte por el todo: «en la cultura de la mediación, las soluciones parciales o puntuales no existen, y solo son una parte del proceso. En realidad, sabemos que buscamos unas soluciones holísticas que incluyen la continuidad en el tiempo», explica. Y alerta también de las consecuencias negativas de la prisa: «cuando los conflictos se tratan superficialmente o se resuelven mal, se reiteran y se agravan», afirma, y añade que algunas situaciones que se producen en los últimos cursos tienen un largo proceso de gestación en el propio sistema educativo, «además de tratarse de fenómenos relacionados claramente con las características de autoafirmación de la adolescencia». Por eso, considera necesario trabajar en la organización en previsión de que los conflictos mal cerrados en las primeras etapas puedan reaparecer, de forma más virulenta y difícil de solucionar, en cursos posteriores.
Empoderar y ser feliz
Xavier Pastor recuerda que el principio básico de las teorías y métodos relacionados con la resolución de conflictos es que las personas tienen que aprender a gestionarlos por sí mismas. Y añade que, si lo consiguen, obtienen una recompensa extraordinaria: «cuando tú resuelves un conflicto, tienes un momento de felicidad, hay un momento de felicidad; ¿por qué?; porque has sabido aprender de una situación que hasta el momento, para ti, era lo peor de lo peor; y, además, puedes ser un productor de felicidad: la resolución de conflictos, resolver un problema, da un momento de felicidad, y la gente está empeñada en ser feliz en la vida», concluye.
Referencias bibliográficas
Boqué, M. C. (2002). Los avances de la mediación escolar. Revista Aula nº115
Viñas, J. (2004). Conflictos en los centros educativos. Editorial Graó.