EL MAGACÍN DE SM

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REPORTAJE

Los conflictos sirven para aprender

Agresiones físicas o verbales, acoso u ostracismo entre pares, incumplimiento de normas o vandalismo son algunas de las formas de conflicto presentes en nuestra sociedad. También en el ámbito educativo. Enseñantes y aprendices son testigos, protagonistas y víctimas de innumerables conflictos en las aulas, los pasillos, los comedores o los patios. Pero ya hay numerosas experiencias que demuestran que unos y otros pueden convertirse también en mediadores o facilitadores que contribuyan a transformar esos conflictos en oportunidades de aprendizaje.

Todos los expertos coinciden en considerar los conflictos algo consustancial al ser humano. Para el profesor de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC) Xavier Pastor, un conflicto es «un choque, una lucha, una confrontación de percepciones, de intereses, de actitudes que aparentemente parecen incompatibles», y eso es algo omnipresente en nuestras vidas. Pero no solo es normal convivir con los conflictos, también lo es el tratar de solucionarlos. Eduard Carrera, trabajador comunitario en Olot y coordinador del postgrado en resolución de conflictos de la Universitat de Girona, explica que«las personas tendemos a solucionar conflictos», y muchas veces sabemos abordarlos de forma positiva, pero hay ocasiones en las que nos vemos incapaces, «y es entonces cuando acudimos a un mediador o a un facilitador».

Solucionar, gestionar, trasformar, restaurar…

En el lenguaje cotidiano hablamos de solucionar conflictos. Sin embargo, entre los investigadores y los profesionales que ejercen en el sector, hay diversos matices a la hora de teorizar y de actuar. Básicamente, se habla de resolución, de gestión o de transformación de conflictos, y también de prácticas restaurativas. Según Pastor, todos estos métodos tienen en común tres principios: se basan siempre en la participación de las personas que protagonizan el conflicto; cuentan con la comunicación, el diálogo entre ellas; y no pueden incluir ningún tipo de violencia, ni estructural, ni psicológica, ni física, las actuaciones tienen que ser por voluntad propia de las partes.

En su obra Conflictos en centros educativos, el psicopedagogo Jesús Viñas escribe en el marco de la llamada resolución pacífica de conflictos (RPC). Para él, «los conflictos son un fenómeno natural de todas las organizaciones. Por tanto, es normal que en las aulas y en los centros educativos se produzcan de forma continua. Así pues, debemos fijarnos no ya en la existencia de conflictos, sino en la forma de resolverlos en las aulas y en los centros. Hablamos, por tanto, de resolución de conflictos en las aulas». Por su parte, Marisa Escuer, profesora de secundaria y formadora de docentes en la UOC, habla de resolución, pero también de transformación como objetivo. «Nosotros intentamos la trasformación del conflicto», explica, y puntualiza que la palabra conflicto tiene una connotación negativa, pero se puede plantear «como un aprendizaje».

Lo que se hace mal normalmente

El punto de vista clásico para afrontar los conflictos en los centros educativos es el de la disciplina. Los conflictos se interpretan como rupturas de las normas de comportamiento, se responde a la conducta considerada incorrecta y no se tratan las causas, que a veces son directamente ignoradas. Como explica Carrera, «se oye mucho hablar de bullying, de situaciones de confrontaciones, de peleas, de conflictos que surgen en el comedor, en el patio e incluso en la misma clase, que se gestionan muchas veces desde una perspectiva clásica, es decir, ‘tú y tú tenéis un conflicto, tenéis que arreglarlo, si no os voy a castigar’; y, en cambio, se habla muy poco de la relación, de cómo os relacionáis, por qué os relacionáis de esta manera, cómo os podéis escuchar, cómo os podéis empoderar para no ceder, sino que se respete tu punto de vista pero, en cambio, sin pisotear el del otro».

Según Viñas, hay una forma errónea de actuar ante un conflicto en el ámbito educativo que comienza por intentar hacer consciente al alumnado de que su conducta ha sido inadecuada para luego aplicarle un mecanismo disciplinario en forma de castigo e inducirlo así a un comportamiento mejor. Este proceder, afirma, «funciona normalmente con los alumnos y alumnas que de alguna manera ya tienen unos hábitos trabajados y una sintonía con la organización escolar, sea real o condicionada por elementos externos al centro. Pero sirve de poco para el alumnado que suele frecuentar las situaciones de conflicto».

Para Pastor, en general, el problema es la manera que tenemos de afrontar el conflicto: «nos quedamos en el choque, incluso nos bloqueamos y rápidamente sale eso de ‘muerto el perro, muerta la rabia’; nos interesa más decir ‘mira, la culpa es de él, y si él no existe no tendré el conflicto’, cuando lo que tendríamos que pensar es ‘mira, ese conflicto no es casual, ese conflicto tiene una causa, ha habido unos factores en los cuales yo, aunque no me guste, he participado de alguna manera, qué es lo que he hecho mal, o lo que no he hecho bien para que ocurra eso que no me gusta’, y ahí es cuando hay que empezar a trabajar».

En el ámbito escolar, la participación del alumnado es básica para afrontar los conflictos y transformarlos de forma satisfactoria. Según Viñas, «uno de los problemas más importantes de la actualidad es que todo lo que se refiere a las normas de convivencia y, por tanto, también a la resolución de conflictos se pretende hacer únicamente a partir de aquello que determina el profesorado». Añade Viñas que, de ese modo, como mucho, se consigue que los alumnos admitan las implicaciones más personales de su conducta, pero no que se sientan responsables de la colectividad. 

Resolver para educar

La resolución de conflictos basada en la mediación es un enfoque que cuenta ya con décadas de práctica e investigación en las aulas de numerosos países. Se centra en la voluntad de comprender el inicio y desarrollo del conflicto para poner remedio a sus causas. Es un marco para trabajar actitudes, valores y normas, para mejorar y cambiar las conductas. Parte de asumir que el comportamiento se modela a través de los hábitos sociales. «Nosotros planteamos un modelo de resolución de conflictos que comporta la educación o reeducación de hábitos para la convivencia», afirma Jesús Viñas.

El psicopedagogo recuerda las cuatro grandes etapas del aprendizaje: incompetencia inconsciente, incompetencia consciente (donde empieza a intervenir el profesorado para hacer consciente al alumnado), competencia consciente (en la que se practican las habilidades), y competencia inconsciente o incorporación de hábitos. Según Viñas, la finalidad básica del trabajo de resolución pacífica de conflictos en los centros educativos es «hacer posible la creación de unos hábitos de convivencia que, de forma espontánea, sin esfuerzo, únicamente en la dirección de emociones positivas, hagan estables los comportamientos más interesantes».

Equipos de mediación en la escuela

Marisa Escuer recuerda que la mediación como tal no suele estar en el currículum, se considera un elemento transversal y depende mucho de cada centro, del interés que tenga su equipo directivo y de la disponibilidad horaria, entre otros factores.«Es cierto que siempre se habla de que es un elemento muy interesante; pero, como no es curricular…; todo aquello que no es curricular no está contemplado en el horario; y por lo tanto se soluciona de otras maneras; se soluciona a través de tutorías, se soluciona a través de charlas en algunos momentos…»,explica.

Idealmente, la mediación no es una práctica aislada que se utilice ocasionalmente y luego se olvide. Se inserta en programas que implican a los distintos actores del centro. Maria Carme Boqué, profesora de la Universitat Ramon Llull, sitúa los objetivos de la mayoría de programas de mediación escolar alrededor de tres ejes: «crear un entorno en el cual las personas se sientan física y psicológicamente libres de amenazas y peligros, donde puedan encontrar oportunidades para trabajar y aprender con los demás colaborando en el progreso individual y común» «adquirir habilidades para conocerse, comunicarse y respetarse aún en situaciones de difícil convivencia»; y «asumir las propias responsabilidades en la transformación no violenta de los conflictos».

Una parte esencial de los programas es la creación de equipos de mediación en los centros. Boqué explica el procedimiento típico para hacerlo: se reúne un grupo de personas de los diferentes estamentos (alumnos, profesores, empleados, padres) interesadas en conocer los principios del proceso mediador; se forman como futuro equipo de mediación; cuando se consideran capacitados, se establece un espacio, un calendario y unas condiciones de acceso al servicio; algunos conflictos se tratan voluntaria y confidencialmente.

El papel de los mediadores consiste en ayudar a quienes de común acuerdo deseen buscar alternativas a la situación conflictiva a comunicarse, inventar soluciones, valorarse y rehabilitarse sin romper vínculos personales, gracias a su creación y fortalecimiento.«No sólo los hechos acaecidos cuentan; también los sentimientos y las relaciones entre las personas son importantes de cara a la sostenibilidad de un futuro en común», afirma Boqué.

La adopción de un programa de mediación escolar suele enfrentarse a múltiples dificultades. Algunas son: encontrar el tiempo necesario para impartir un currículo de mediación o para formar un equipo de mediadores; asumir que la mediación consume tiempo; un entorno social que magnifica o banaliza el uso de la violencia. Además, la selección de mediadores puede generar dudas sobre su idoneidad y es necesario informar extensiva y periódicamente a la comunidad educativa sobre su trabajo. Destaca también Boqué la importancia de que el servicio cuente con el liderazgo de una persona encargada de coordinarlo y dinamizarlo: «Esta persona, generalmente un profesor o profesora, tendrá muchas otras responsabilidades entre sus manos y, en ocasiones, aceptará el encargo por puro voluntarismo y compromiso profesional».

Marisa Escuer, que lleva años siendo esa persona que ejerce en su escuela el liderazgo para promover la cultura de la transformación de conflictos, considera que es conveniente que, como mínimo, el resto de docentes entienda el sentido de su trabajo. «Lo que es importante es que gran parte del profesorado sea consciente de la relación que hay entre el aprendizaje y el cómo se siente el alumno, porque si un alumno se siente bien y se siente integrado facilita su proceso de aprendizaje, si un alumno se siente mal, se siente rechazado, por algo de dentro o por algo de fuera, es evidente que su proceso de aprendizaje se puede retrasar, y puedes acabarlo perdiendo», explica. 

No solo reaccionar

Cuando se habla de resolución de conflictos, puede dar la sensación de que se trata solo de actuar ante un problema puntual. Jesús Viñas alerta sobre la necesidad de ir más allá de ese planteamiento y de ser proactivos: «La convivencia es una condición para un trabajo educativo de calidad y también es un resultado del mismo.Por ello, en lo que supone la resolución de los conflictos, tenemos que superar las actuaciones exclusivamente reactivas. Hay que preparar las cosas para que el conflicto en el centro se convierta en un elemento más de educación para todos». 

También Marisa Escuer subraya la necesidad del trabajo proactivo a largo plazo. «El que el centro tenga o no muchos conflictos es un aquí y ahora», dice. Además, considera que la institución forma a personas no solo en materias como matemáticas, lengua o inglés, sino de forma integral, lo que implica que aprendan a darse cuenta de lo que está en su entorno, a solucionar o ayudar a resolver los conflictos de su entorno, a «empatizar, que es muy importante, saber escuchar, saber ser asertivo o asertiva a la hora de explicar una cosa».

¿Conflicto solucionado?

Uno de los motivos que llevan a algunos expertos a decantarse por el uso de la expresión gestión sobre resolución es su convencimiento de que los conflictos nunca desaparecen del todo. «Claro, hay quien cree que los conflictos se resuelven, que ese conflicto, una vez que llegas a un acuerdo, no vuelve a aparecer nunca más, y no es exactamente así», explica Xavier Pastor. El profesor de la UOC añade que, cuando se aborda un conflicto, se recomienda empezar por aquello en lo que es evidente que las partes se van a poner de acuerdo, pero que eso no debe hacernos caer en el error de creer que el trabajo ya está terminado, si el factor que ha predispuesto o la causa que ha generado el conflicto continúa estando presente. 

En cambio, Jesús Viñas sí habla en clave de resolución, pero coincide con Pastor en la necesidad de huir del cortoplacismo y la confusión de la parte por el todo: «en la cultura de la mediación, las soluciones parciales o puntuales no existen, y solo son una parte del proceso. En realidad, sabemos que buscamos unas soluciones holísticas que incluyen la continuidad en el tiempo», explica. Y alerta también de las consecuencias negativas de la prisa: «cuando los conflictos se tratan superficialmente o se resuelven mal, se reiteran y se agravan», afirma, y añade que algunas situaciones que se producen en los últimos cursos tienen un largo proceso de gestación en el propio sistema educativo, «además de tratarse de fenómenos relacionados claramente con las características de autoafirmación de la adolescencia». Por eso, considera necesario trabajar en la organización en previsión de que los conflictos mal cerrados en las primeras etapas puedan reaparecer, de forma más virulenta y difícil de solucionar, en cursos posteriores.

Empoderar y ser feliz

Eduard Carrera considera que la gestión positiva de conflictos tendría que estar en el currículum, pero no como una asignatura específica, sino como una forma de hacer, y que convendría repensar la escuela para ver «cómo creamos, introducimos espacios para poder gestionar los conflictos de una forma positiva, empoderando a las personas, escuchando sus necesidades». Al mismo tiempo, advierte sobre la conveniencia de «no abrir muchas puertas que después no podamos cerrar bien», en referencia a la generación de proyectos ambiciosos que sí entran en el currículum, pero luego no cuentan con una apuesta fuerte y un seguimiento.

Xavier Pastor recuerda que el principio básico de las teorías y métodos relacionados con la resolución de conflictos es que las personas tienen que aprender a gestionarlos por sí mismas. Y añade que, si lo consiguen, obtienen una recompensa extraordinaria: «cuando tú resuelves un conflicto, tienes un momento de felicidad, hay un momento de felicidad; ¿por qué?; porque has sabido aprender de una situación que hasta el momento, para ti, era lo peor de lo peor; y, además, puedes ser un productor de felicidad: la resolución de conflictos, resolver un problema, da un momento de felicidad, y la gente está empeñada en ser feliz en la vida», concluye.